Nueve meses y una pregunta
El Global
Esta semana, los presidentes de nueve de las principales compañías farmacéuticas europeas han publicado una carta abierta con un mensaje difícil de ignorar: Europa está perdiendo la carrera por atraer inversión farmacéutica.
Los datos que citan son elocuentes. En 1990, Europa representaba el 43% de la I+D farmacéutica mundial. Hoy representa el 31%. Nuestra participación en los ensayos clínicos comerciales se ha reducido a la mitad en una década, hasta el 9%. Mientras tanto, más de 600.000 millones de dólares de inversión farmacéutica han sido anunciados en Estados Unidos y China en apenas dos años.
La carta pide algo que llevamos tiempo escuchando: que Europa considere los medicamentos y la innovación como activos estratégicos y cree un entorno capaz de atraer inversión. Difícil estar en desacuerdo con el diagnóstico. Pero hay un detalle de estos últimos días que invita a reflexionar sobre nuestra capacidad para reaccionar.
El 11 de diciembre de 2025, Consejo y Parlamento Europeo alcanzaron el acuerdo político sobre el nuevo paquete farmacéutico europeo. Los textos del acuerdo provisional se publicaron en marzo. Y hemos tenido que esperar hasta septiembre para llegar a los textos finales, después de la revisión jurídico-lingüística y aún pendientes de su adopción formal.
Nueve meses. Repito, nueve meses.
No discuto aquí la enorme complejidad técnica de una reforma de esta magnitud. Ni que legislar bien requiere tiempo. Pero si la pregunta es cómo competir con Estados Unidos y China por la inversión, quizá deberíamos preguntarnos también si podemos permitirnos estos tiempos. Y aquí entra una pequeña anécdota. Esta semana, en una conferencia en Ámsterdam, dos personas distintas me hicieron prácticamente la misma pregunta: ¿qué está haciendo España para que le vaya tan bien con los ensayos clínicos?
En 2025, la AEMPS autorizó 962 ensayos y España volvió a ser el país más activo de la UE en investigación clínica. Entre las razones: una buena red hospitalaria, capacidad de reclutamiento, colaboración público-privada, coordinación con los comités de ética y agilidad regulatoria.
Quizá haya aquí una pequeña lección. España no tiene resueltos, ni mucho menos, todos los problemas relacionados con la innovación farmacéutica. Basta salir del terreno de los ensayos clínicos para encontrar debates bien conocidos sobre acceso, financiación, inversión… Pero precisamente por eso resulta interesante que, en un ámbito concreto, haya conseguido construir un entorno que desde fuera despierta interés.
Tal vez esa sea la cuestión. Cuando hablamos de competitividad tendemos a hacerlo en términos de grandes estrategias, reformas y grandes cifras de inversión. Pero la competitividad se juega también en algo mucho menos espectacular: cuánto tarda una decisión, cuántos interlocutores intervienen, si las administraciones se coordinan, si existe predictibilidad y si quien quiere invertir encuentra razones para hacerlo hoy y no dentro de nueve meses.
La carta de los presidentes de las compañías farmacéuticas vuelve a poner sobre la mesa un problema que conocemos bien: Europa necesita recuperar atractivo para la inversión y la innovación. Lo que me llamó la atención en Ámsterdam es que, al mismo tiempo, haya gente fuera de España intentando entender por qué aquí determinadas cosas sí están funcionando.
No creo que haya una fórmula mágica, ni mucho menos un modelo español aplicable a todo. Pero quizá sí haya experiencias concretas que merezca la pena mirar con atención.
Porque al final la competitividad no se decide solo en las grandes estrategias o en las grandes reformas legislativas. También se decide en el día a día, en cómo se aplican las normas y en cuánto tardamos en pasar de los acuerdos a los hechos.
Y nueve meses dan para pensar.